martes, 30 de octubre de 2012

(in)fiel



Al entrar en la habitación vio a su marido desnudo en la cama. Su hermana, también desnuda, se tapaba la cara con la sábana.

- ¡Cariño espera! – dijo él mientras se incorporaba con una mano y con la otra sostenía un cojín sobre su entrepierna.

Bajó por las escaleras corriendo y fue directa a la cocina a mojarse la cabeza. Su marido salió detrás de ella y la alcanzó ya en el piso de abajo desnudo, pues el cojín se quedó rebotando de un escalón a otro. Una vez se encontraban los dos en la cocina, él le dio la vuelta y pudo ver cómo las lágrimas bajaban por su mejilla.

- Lo siento mucho cariño, siento que lo hayas tenido que presenciar – dijo a la vez que le secaba las mejillas con el dedo gordo.

Se suponía que aquel día ella estaría trabajando hasta tarde puesto que en la oficina estaban terminando un importante proyecto pero no se encontraba bien y su jefe le dio el resto del día libre.

- Te dije que mi única condición era que no me enterase. Era lo único… Sabía que no era buena idea que fueses tú quien le diese la oportunidad a mi hermana de ser madre soltera. Teníamos que haberle dejado los cuatro mil euros de la inseminación in vitro – dijo ella entre lágrimas.



lunes, 29 de octubre de 2012

Viaje



Mirando a través de los cristales salpicados de lluvia, una lluvia que no cesaba de repetir su monótono sonido hora tras hora durante todo el viaje, contemplaba el paisaje mientras repasaba todo lo que había dejado atrás. Adiós al trabajo en una importante consultora con jornadas laborales de doce horas. Adiós a la hora punta del transporte público de cada mañana. Adiós al ruido las veinticuatro horas al día de una ciudad que nunca duerme. Simplemente decidí dejarlo todo una mañana de lunes, llené una maleta de ropa y me marché sin avisar a nadie. Caminaba hacia la estación cruzándome con gente trajeada de camino a la oficina, con ese ritmo intrépido que tienen las grandes urbes, en las que cada minuto cuenta y siempre se llega tarde a algún sitio, arrastrando la maleta a paso lento. Compré el billete y me monté en el tren en el que me encuentro en este momento viendo como llueve fuera pero notando como sale el sol en mi interior. Un tren con destino a una nueva vida.


Frase inicial: @evapripoll

lunes, 22 de octubre de 2012

Necesito...



Necesito una biblia. Me siento dentro de un agujero sin cartel de salida, da igual mirar hacia adelante, hacia atrás o hacia arriba, veo mi futuro negro. Maldita economía. Mi fe se desvanece entre tantos corruptos gordos peces, al ver como muchas veces los que menos sufrimiento merecen más adversidades padecen. Adelanto a dos monjas que esperan en un semáforo, cada una con un rosario de la mano, de camino a la cita con mi abogado. "Necesitas un milagro" me dice con tono preocupado. Más bien necesito que se me aparezca el Espíritu Santo. Un coche pasa a mi lado escuchando a Elphomega mientras admiro la fachada de la iglesia, dos meses después de que mi empresa entrara en quiebra y me sumergiera en una inmensa deuda. Prosigo con mi paseo por callejuelas desiertas hasta que tres hombres me rodean sin darme cuenta. Me zarandean, me golpean y caigo al suelo de rodillas. Me duelen las espinillas y me sangran las mejillas, escucho sus risas y como uno me chilla "queremos nuestros quinientos mil para el lunes, sin demora, sabemos dónde vives maricona" y me dejan en el suelo a solas. Necesito una biblia. Hueca. Para guardar una pistola.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Silencio



Acompañado únicamente por mi sombra y Charlie, mi fiel escudero, un Beagle entrado en carnes, caminábamos despacio por las calles desiertas a las diez y media de la noche, según mi móvil de antepenúltima generación, sin preocuparnos por encontrarnos en el camino de algún coche conduciendo de vuelta a casa. A unos cuantos kilómetros se podía ver una lejana tormenta, descargando millones de voltios cada pocos segundos, y a cada relámpago el cielo se iluminaba con una luz intensa, pero sin embargo lo que llegaba a mis oídos era el silencio. Eso era todo lo que oía: silencio. La falta de sonido se convertía en un ruido ensordecedor que no me permitía oír ni el más leve sonido. Aquella noche no había niños gritando, ni coches en marcha con el ruido de sus motores, no había gente hablando por la calle mientras daba un paseo.

Estábamos solos, hasta que apareció un Golden Retriever al final de la calle, acercándose a nosotros a buen paso para quedarse parado a medio metro moviendo la cola. Si se podía caracterizar su expresión de alguna forma era sonriente, contagiaba felicidad mientras nos miraba sin dejarse acariciar. Después de varios segundos nos bordeó para alejarse por la calle y desaparecer para no volver a dejarse ver más. Y de nuevo vuelta a la realidad, a ese ruido, a ese silencio, a esa soledad. No se apreciaba la más mínima ráfaga de viento que moviese las ramas de los árboles, que balancease ligeramente los columpios, que perturbase aquella paz.

Pero en ese mismo instante, a unos cuantos kilómetros de donde me encontraba, ochenta y cinco mil personas rozaban los 120 decibelios dejándose la garganta gritando a veintidós jugadores detrás de un balón.

Y sin embargo, aquí, no escucho nada más que…

lunes, 8 de octubre de 2012

Línea 21


Jueves, diez de la mañana, un autobús urbano. Ocho personas incluyendo al conductor. ¿Qué sabemos de ellas? Sabemos solamente lo que piensan. Tenemos en la primera fila a una señorita de 28 años que está pensando en su prometido, tres meses les quedan para casarse. Una fila más atrás se encuentra una pareja de 68 y 71 años, que llevan juntos casi cinco décadas, y están pensando el uno en el otro, felices. Tres filas más atrás hay un joven de 16 años, y está pensando en sexo. Vaya. En esa misma fila, pero al otro lado del autobús, hay un señor de 42 años, y está pensando en sus tres hijos, Arturo, Marta y Esteban, con los que ha desayunado esa misma mañana. Otras dos filas más atrás nos encontramos con otro joven, aunque éste tiene 22 años, y casualmente también está pensando en sexo. Ya van dos. Tenemos al conductor, conduciendo en su asiento, y no para de pensar en que se está orinando. Que oportuno. Y el octavo y último pasajero que queda en el autobús, que está de pie al principio del pasillo, pistola en mano y con un chaleco cargado de pentrita, está pensando que aquello no va a acabar nada bien.

martes, 2 de octubre de 2012

Magia


-          Hola pequeño, ¿No estás tus papis contigo? – Preguntó sorprendida la dependienta al ver entrar a aquel niño de cinco años.

-          No, he venido solo. ¿Ésta es una tienda de magia verdad? – Contestó el pequeño con expresión seria.

-          Estás en lo cierto, aquí puedes encontrar lo necesario para hacer realidad lo inimaginable – Dijo mientras se agachaba apoyando las palmas de las manos en las rodillas.

-          Vale – dijo el niño – quiero un aparato que le dé un trabajo a mi padre, que haga volver a mi madre a casa y que traiga a mi perro Flufy del cielo.