Mostrando entradas con la etiqueta De 501 a 1000 palabras. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta De 501 a 1000 palabras. Mostrar todas las entradas

miércoles, 25 de diciembre de 2013

La puerta

-¡Gilipollas! –gritó mientras descargaba su rabia contra el claxon del coche.

Un conductor se había metido en la rotonda sin ceder el paso y había provocado que pegara un frenazo para evitar el choque. Después de una buena ráfaga de luces y un insistente uso del claxon Alberto tomó su salida de la rotonda, y tras girar por dos calles y pasar siete baches, aparcó en la entrada de su casa.

Bajó del coche y abrió la puerta del jardín con la mano que le quedaba libre, la atravesó y la cerró de un portazo empujándola con la pierna. Mientras avanzaba por el camino de piedras hacía malabares para buscar con una sola mano la llave que necesitaba de entre las diez que tenía en todo el llavero.

-No veo nada ya a estas horas, si algún día consiguiese llegar de día… pero no, el maldito trabajo siempre es lo primero –gruñía Alberto entre dientes -, siempre con el puto papeleo de última hora.

Una vez en la entrada dejó caer la cartera al suelo sin ningún cuidado. Al caer, acabó apoyándose sobre sus zapatos, sobre esos zapatos que le estaban destrozando los pies últimamente. Con una patada la mandó contra la pared y avanzó hasta el cajetín que había al lado de la puerta. Al introducir la llave y girarla abrió la puerta y quedó al descubierto que se encontraba completamente vacío, se podían ver tres estantes y que los tres tenían una mayor profundidad de la que parecía a simple vista.

Casi como un acto reflejo colocó las llaves del coche de empresa en el estante de abajo a la izquierda, el mismo sitio en el que las dejaba todos los días. Perdería de vista, al menos en las siguientes nueve horas, al coche con el que tantos kilómetros hacía al día y con el que siempre acababa metido en algún tremendo atasco de la ciudad.

Acto seguido sacó el móvil del bolsillo y vio que parpadeaba una pequeña luz azul, lo desbloqueó y vio que tenía un nuevo email: “Se adelanta la reunión una hora, te necesitamos en la oficina mañana a las 7:00”. Cojonudo. Lo apagó y de un golpe fue a parar al lado de las llaves.

Buscó en el bolsillo interior de su chaqueta y cogió la cartera de piel y, antes de dejarla al lado del móvil, contempló lo abultada que estaba con tantas tarjetas de plástico que había en su interior. La tarjeta de débito, la de crédito para las urgencias, la tarjeta de puntos de la gasolinera, el pase del trabajo, carnet de conducir, seguridad social, la tarjeta de familia numerosa… y otras cuantas que no quiso repasar mentalmente. Esos trozos de plástico, y en especial las tarjetas del banco, suponían una enorme carga en el día a día, una constante lucha contra la cuenta corriente. Pero esta noche iban a dormir todas juntas fuera de la casa.

A pesar de que aún le quedaba por guardar la cartera que se encontraba en el suelo ya se sentía mucho mejor, incluso una pequeña sonrisa empezaba a asomar por su boca. Se agachó y recogió la cartera y la introdujo en el segundo estante. El portátil con los archivos Excel de miles de celdas y los documentos con cientos de páginas ocupaban por completo todo el segundo estante.

Se acabó. Cerró la puerta del cajetín y buscó la llave de la puerta principal. Mientras lo hacía le llegó un ligero olor a carne. La cena ya estaba lista. Y eso le produjo tal satisfacción que empezó a cantar el estribillo de una canción que había escuchado esa misma tarde en la radio. Al acercarse a la puerta dejó de tapar la luz de una farola lejana que incidía directamente en la puerta del cajetín y ahora se podía leer una palabra que estaba pintada en negro: “Problemas”.

Finalmente entró y en seguida apareció su mujer que, tras darle un beso, preguntó:

-¿Qué tal fue el día?

-Bien, bien, aunque ahora empieza la mejor parte –contestó con una sonrisa.

martes, 11 de septiembre de 2012

Manicomio


Avanzábamos con la bandeja por el comedor mientras nos servían los platos de comida. A mi izquierda estaba Germán, mi amigo desde la infancia, y a mi derecha se encontraba el chico nuevo.

-          ¿Sólo esto?, ¿no podrías llenarme el plato un poco más? – Preguntó el chico nuevo al cocinero sin obtener respuesta alguna

-          Olvídate, es autista. En todos estos meses no hemos conseguido que hable ni una sola vez – Le aclaré

Nos sentamos los tres en la misma mesa y nos presentamos al recién llegado. Al principio, cuando entramos Germán y yo en el Centro, teníamos un comedor equipado con una gran televisión en la que nos ponían Los Simpson durante la hora de la comida. Pero todo el ala este quedó inutilizada desde que uno de los guardias provocó un incendio que arrasó por completo todas las plantas de ese lado. Ahora nos encontrábamos en el comedor del ala oeste, que era mucho más pequeño, y nos obligaba compartir las diminutas mesas que disponía. Durante la comida nos contó cómo logró pasar desapercibido durante los últimos tiempos, pero al final fue su hermano el que le descubrió y le entregó a las autoridades.

Una vez habíamos acabado de comer, nos dirigimos a dejar las bandejas. De camino se acercó el guardia responsable del comedor y le propinó un puñetazo a nuestro nuevo compañero de mesa. La fuerza del golpe provocó que se cayera de espaldas, golpeando su cabeza con fuerza contra el suelo, quedando inconsciente al instante.

-          ¡Quién te ha dado permiso para mirarme así!, malditos cuerdos, ¡debería daros una lección a todos! – Gritaba enfurecido el guardia, que sufría de algún trastorno que aún no habíamos logrado a descubrir.

Rápidamente salimos de la sala, para evitar ser los próximos objetivos de su ira, y nos dirigimos a las habitaciones. Sabíamos que cuando se daban estas situaciones lo mejor era desaparecer hasta que se calmara la situación, algo que podía conllevar horas. Aquella duró hasta la noche.

Las cosas habían cambiado mucho en los últimos años, habían cambiado por completo. Lo que empezó como una crisis económica acabó convirtiéndose en la mayor crisis social que se conocía. La gente empezó a perder la esperanza y con ello la confianza, hubo una depresión masiva y cada vez nos hundíamos más. Llegó un momento en que los que éramos más fuertes mentalmente y habíamos conseguido seguir adelante nos convertimos en minoría. Las oleadas de delincuencia se sucedían una tras otra, el número de suicidios se disparó y el cuerpo de policía disminuía de efectivos a medida que pasaban las semanas. Y se hizo el caos. A partir de entonces éramos muy pocos los que quedábamos cuerdos y empezamos a ser perseguidos. Los manicomios, que antes estaban llenos de personas con problemas mentales, empezaron a llenarse de gente sana. De personas que no sufríamos ningún trastorno. De lo que a partir de entonces empezaron a llamar gente rara. Con el tiempo empezamos a aprender a comportarnos como ellos, fingíamos tener problemas mentales, pero al final siempre nos encontraban. No era difícil escapar de aquel manicomio, pero lo que era realmente difícil era sobrevivir en lo que se había convertido el mundo. Y ahí estábamos, encerrados en la habitación hasta quedarnos dormidos. Esperando a que llegase el día siguiente y encontrarnos con que todo había sido un mal sueño. Pero lo que nos despertó aquella vez fue un fuerte olor a humo.

-          Germán, Germán. Creo que está volviendo a pasar – Le decía a mi compañero mientras le zarandeaba.

Fui a abrir la puerta pero me encontré con que la habían cerrado por fuera, habían echado la llave mientras dormíamos. Pegué la cabeza todo lo que puede al pequeño cristal que había y pude ver las llamas en el pasillo. Estábamos encerrados y nadie iría a rescatarnos. En poco tiempo la habitación se fue llenando de humo a través de la abertura que quedaba debajo de la puerta, provocándonos una tos continua. Las camisetas que pusimos en el suelo no era suficiente para frenar la entrada del humo, y la ventana se encontraba cubierta por una valla metálica que nos impedía romperla. Por supuesto tampoco se podía abrir. Dándonos por vencidos nos sentamos en el suelo con la espalda apoyada en la pared, conscientes de que era nuestro final. Por lo menos moriríamos sin habernos vuelto locos. Empezaba a sentir que se me cerraban los párpados, en poco tiempo estaría inconsciente. Durante mis últimos segundos de lucidez miré a Germán y le dije una última cosa

-          ¿En qué momento se volvió loco el mundo? – Pregunté

-          ¿No lo estuvo siempre? - Contestó

martes, 24 de julio de 2012

Celebración


...Nacho, Juan y Pedro tenían la calle entera para ellos solos, no tenían ningún problema para correr, nadie les estorbaba. Un punto muy a favor cuando te has tomado entre 7 y 9 copas y te persigue un portero de discoteca que pesa 120 kg como mínimo. Empezaron a adentrarse por calles secundarias y pronto lograron despistar al perseguidor. Los 120 Kg no son fáciles de mover en grandes distancias.

- ¡Loco! - Dijo Nacho - ¿Pero no te habías dado cuenta de que esa chica iba acompañada?

- Podía ir trodo lo acompañada que tú digas, pero mme estaba ponindo... ojjitos - Contestó Pedro, cuya lengua no reaccionaba como él quería

- ¡Vosotros dos!, rápido, mirad a esos dos de ahí - Intervino Juan señalando a un hombre y una mujer que salían de un portal. Él iba con vaqueros y camisa blanca y parecía bastante furioso. Ella, vestida con una falda hasta las rodillas y una blusa, lloraba mientras gritaba al hombre - Creo que deberíamos ir a ver qué pasa

Nuestros tres amigos, que se encontraban de celebración un miércoles a las tres de la madrugada, se acercaron a la pareja sin titubear. El hombre había abierto la puerta de un Porsche 911 Carrera y obligaba a la mujer a que entrara en él a gritos. Ella parecía desear cualquier cosa menos entrar en aquél coche.

- ¡Déjala en paz!, ¿No ves que no se quiere ir contigo?, súbete al coche y vete que nosotros cuidaremos de ella - Dijo Juan, quién se había adelantado con respecto a sus dos amigos.

- ¿Pero vosotros quiénes sois?, marchaos a casa mocosos, aquí no pintáis nada - Contestó el hombre.

- ¿Pero cómo una shica tan uapa como tu puede derrambar una sola lágruima?, debería eshtar prohibido - Le dijo Pedro a la mujer, que con todo el alboroto fue la única que le escuchó. El autor del intento de piropo era incapaz de quitar los ojos de su cara, como si nada más estuviera pasando alrededor.

- ¡Vete o llamamos a la policía!, les encantará encargarse de un maltratador malcriado como tú, ¡Largo! - Gritaba Nacho, quien ya había alcanzado el mismo tono de voz que Juan.

El hombre, cada vez más alterado, centró su rabia en los tres chicos. Pero ellos, que esa noche se sentían dispuestos a todo, no dieron ni un paso atrás. Llegados al clímax de la situación, hubo un forcejeo entre el hombre y Juan, que acabó con nuestro "algo más que contento" joven estampado contra la ventanilla del Porsche. La mayoría de los cristales cayeron en el asiento y libraron a las manos de Pedro de algún que otro corte cuando se apoyó en el suelo para levantarse. Ahora sí que se había vuelto completamente loco el hombre de vaqueros y camisa, sus ojos ardían y por el cuello empezó a circular tanta sangre que las venas se marcaron hasta el punto de volverse visibles incluso para quien ve doble. Los tres jóvenes empezaron a correr de nuevo siguiendo la misma estrategia que habían utilizado con el portero de discoteca, hasta que acabaron escondidos en un parking subterráneo. Cuando recobraron el aliento se miraron a la cara y ninguno pudo contener la risa. Rieron y rieron hasta que Juan dijo - Espero que estés disfrutando de tu celebración, señor arquitecto. Ahora que has terminado la carrera y empiezas una vida seria ya no podremos tener estas noches - Y Nacho negó con la cabeza mientras reía.

Siguieron hablando un rato entre ellos dos sobre la vida adulta, jurando y perjurando que seguirían realizando todas las locuras que pudieran, hasta que uno de ellos se dio cuenta de que Pedro estaba mirando a la nada con una sonrisa de oreja a oreja. - ¿Estás bien? - Preguntó uno de ellos.

- Mejor que nunca - Contestó Pedro. Acto seguido sacó un trozo de papel del bolsillo y dijo - Se llama Andrea, me ha dichuo que llevaba messes querriendo dejar a su nofio, el tio al que habbeis roto la fentanilla, pero que nunca lo connseguía. Éste es su telfono. Creo que estoy enamborado...

Y los tres amigos rieron durante todo el viaje de regreso a casa...

lunes, 9 de julio de 2012

Estudiantes


...el profesor adjunto caminaba por el pasillo en dirección al aula reservada donde le esperaban los tres estudiantes. Cargado con un maletín de una mano y de una montaña de exámenes por corregir de la otra tuvo que empujar la puerta de la clase con la cadera para poder entrar. Una vez dentro vio a los tres alumnos hablando entre ellos con bastante seriedad, a pesar de ser viernes por la tarde en pleno Julio.

- Buenas tardes, perdón por el retraso. Bueno, ¿entonces sois vosotros los tres estudiantes que van a cambiar por completo el panorama energético mundial no? - Dijo el profesor, y acto seguido rieron los tres jóvenes con una risa nerviosa, sabiendo que intentaba exagerar la situación pero que no andaba muy lejos de la realidad.

- Buenas tardes, yo soy Alberto - Contestó el primero mientras le estrechaba la mano

- ¿Qué tal?, yo me llamo César - Dijo el segundo

- Hola, buenas tardes. Yo soy Nicolás - Añadió el tercero

Sus edades rondaban entre los 22 y los 25 años y vestían pantalones cortos y camiseta. Uno de ellos llevaba una camiseta de lo que parecía ser un grupo de música llamado The Black Keys. El profesor se sentó apoyado en una mesa delante de ellos y se presentó.

- Encantado de conoceros. Me llamo Santiago y para mí es un placer ser vuestro guía en este proceso de creación de vuestro Plan de Empresa. Ya sé que se os ha otorgado una mención especial de la Universidad por todo lo que habéis trabajado hasta ahora, y por supuesto por vuestra labor de investigación, pero lo que vamos a realizar ahora es un proyecto consistente y fiable que se pueda presentar a las grandes multinacionales, y que éstas estén deseando entregaros un  buen puñado de millones para que lo pongáis en práctica. Es importante que no tenga ningún punto débil, ¿habéis pensado ya como repartiros el trabajo? - Comentó el profesor mientras se secaba el sudor de la frente

- Sí, lo tenemos ya todo más o menos repartido - Contestó Nicolás - César se va a encargar del apartado económico, ya tiene calculada la inversión inicial y la estimación de ventas y cuadros de amortizaciones de los primeros diez años. Alberto se centrará en el plan tecnológico y ya lleva con ello varios días y yo me encargaré del plan estratégico y de la presentación a los inversores -

- Podemos tenerlo acabado en tres semanas, listo para empezar a presentar - Añadió César

- Yo creo que con dos semanas es suficiente, ten en cuenta que ya lo tenemos avanzado y llevamos varios meses trabajando en el proyecto - Contestó Alberto

- Sí, yo también creo que en dos semanas podremos tenerlo acabado, tenemos muchas ganas de llevar esto a cabo y ahora que hemos acabado exámenes tenemos todo el tiempo del mundo para dedicarlo a esto- Concluyó Nicolás

- Bueno bueno, a ver, un poco de tranquilidad. No nos precipitemos. Me parece bien como os habéis repartido las distintas partes, y más adelante quiero tratar un par de temas más con vosotros, pero quiero que me tengáis esto para dentro de tres meses - Dijo el profesor, y los tres alumnos empezaron a agitarse

- ¿En tres meses?, ¡eso es mucho tiempo! Tenemos que hacerlo cuanto antes, para poder presentarlo lo más pronto posible a las multinacionales - Dijo Nicolás, que habló más alto que sus otros dos compañeros

- Si,  si, ya lo sé. Pero, ¿cuántos años tenéis?, ¿veintitrés?, ¿veinticinco como mucho?, y estamos en pleno verano. Ahora es el momento de que disfrutéis y lo paséis bien, ya tendréis toda la vida para trabajar y progresar como profesionales pero ahora sois jóvenes. Tenéis que salir, tenéis que divertiros, tenéis que vivir. No va a cambiar nada en estos tres meses, todo seguirá igual y os recibirán de la misma manera. Así que ahora disfrutad el verano, iros de vacaciones y salid a perseguir chicas - Dijo el profesor

Los tres alumnos sonrieron...

domingo, 3 de junio de 2012

Inmortalidad


...el libro era majestuoso, páginas y más páginas escritas con un vocabulario exquisito que te hacían adentrarte en la historia hasta el punto de no retorno. Ni el cansancio ni las distracciones, lo único que podía conseguir que dejaras de leer era que te quitaran el libro de las manos a la fuerza. Y aun cuando habías dejado de leer una parte de ti aún seguía dentro de la historia, caminabas por los bosques y te adentrabas en los terrenos aun por explorar en los que o bien conseguías la más grande de las victorias o sucumbirías y pasarías a formar parte de ese libro infinito llamado Olvido. Sentías respirar al unísono con el protagonista y sus heridas te dolían como si estuvieses presente en el campo de batalla. Un libro que apareció de la nada, odiado (envidiado) por muchos y aclamado por pocos que traspasó las fronteras. Que lo censuraran en algunos países no hizo más que avivar la expectación que se había creado. Expectación que nadie comprendía, puesto que el autor no era más que un estudiante.

- No tengo ningún secreto, simplemente me sentaba delante del ordenador con la luz apagada y sin más compañía que una jarra de agua y unos auriculares. Escribía y escribía, hasta tal punto que dejaba de buscar las palabras y eran ellas las que me buscaban a mí. Cuanto menos pensaba más palabras me venían a la cabeza, fluían y lo único que tenía que hacer era transmitirlas al teclado, escribir a la misma velocidad a la que... a la que mi mente me hablaba. Simplemente me dejaba llevar. Estoy muy orgulloso del resultado y espero que este libro pase a formar parte de la historia - fue la respuesta del estudiante.

- ¿Nos podría explicar Señor D.G. como alguien como usted que no había escrito antes ningún libro ha podido crear esta obra que está dando la vuelta al mundo, y así acallar a las malas lenguas que insinúan que no ha sido usted el autor?, ¿Cuál es su secreto? - fue la pregunta del presentador.

Los focos elevaban la temperatura del plató y hacían surgir las molestas gotas de sudor en la frente del estudiante. Todas las cámaras apuntaban a su cara y el público permanecía callado sin dejar de observarle. La presión empezó a incomodarle, comenzó a tener mala cara y a sentir fuertes dolores en el pecho. Las gotas de sudor aumentaban y cada vez escuchaba más lejana la voz del presentador. No es lo mismo llevar la fama desde tu cuarto que desde un plató de televisión desde el que te contempla medio mundo. Cruel escaparate para sufrir un ataque al corazón. Empezó a haber un movimiento constante de personas, parte del público permaneció inmóvil en sus asientos pero el resto comenzó a incomodarse. Llegaron dos médicos con un desfibrilador, varios técnicos abandonaron sus puestos de trabajo, los colaboradores se encaminaron hacia el camerino... Lo único que no se vio alterada fue la luz que indicaba que estaban en antena. Tras pararse su corazón para siempre, aquel estudiante había conseguido ganarse definitivamente un hueco en la historia. Todo había salido a la perfección…

sábado, 19 de mayo de 2012

Corre


... corríamos todo lo rápido que nos permitían las piernas, girando a la derecha por la primera calle para luego torcer a la izquierda. - ¡Donde vais tan rápido sinvergüenzas! - Dijo una señora que en cuestión de segundos dejamos atrás. ¿Por qué no cumpliría mi promesa de salir a correr todas las mañanas?, a medida que pasaban los minutos me costaba más respirar y los latidos del corazón parecían salidos de una canción de drum and bass. El señor Lorentz, que había visto por primera vez esta mañana y del que no sabía ni su nombre real, parecía llevar peor el atravesar una ciudad entera corriendo, pero no iba a arriesgar mi vida por una pequeña posibilidad de salvar la suya. El parque que atravesamos a continuación estaba repleto de parejas con sus respectivos hijos, muchos de los cuales quedaron boquiabiertos al ver pasar corriendo a dos hombres con mochilas siendo perseguidos por otros ocho o diez hombres con caras de muy pocos amigos. Entre la multitud, durante no más de medio segundo, pude fijarme en una chica morena con coleta muy parecida a Marta, y fue en ese instante cuando comprendí que podría no volver a verla nunca. Incumpliría todas mis promesas de pasar la vida juntos y ella no me lo perdonaría jamás, aunque estuviese muerto. - ¡No, no, no! - Gritó el señor Lorentz, y por los gritos no me hizo falta girarme para saber que sus piernas no habían sido lo suficientemente rápidas. Mi mochila es la última que queda, y no pienso perder mi única oportunidad de recuperarla. - No lo conseguiréis - y a partir de ese momento mi cuerpo sacó fuerzas de donde no quedaban más y me adentré en la recta final. Varias personas cayeron al suelo por mi falta de agilidad a la hora de esquivarlas, pero no iba a aminorar mi marcha por muy repleta que estuviera la calle. Es realmente difícil huir de la policía atravesando Gran Vía en hora punta. Me sentía como Ewan McGregor en la primera escena de Trainspotting, solo que yo no he elegido mi vida. Al menos no esta vida. A lo lejos podía divisar el edificio en el que debía entrar para subir a la última planta, y sí, llegué a la última planta sin que me atraparan, pero lo importante no es como llegué, sino porque. En mi otra vida, o lo que es lo mismo, ayer, me desperté para ir al trabajo. La cama estaba vacía como todas las mañanas, puesto que Marta siempre se levantaba madia hora antes, pero ayer en concreto no estaba en ninguna parte de la casa. En su lugar encontré una foto de ella amordazada y por detrás de la foto las instrucciones que debía llevar a cabo para recuperarla. No fue fácil cumplirlas. Y como os habréis dado cuenta no fui el único que debía de llevar a cabo esas instrucciones. Pero lo conseguí, y aquí estoy, en la azotea de un edificio en alguna parte de Madrid con unos documentos que interesan demasiado al señor que tengo delante en un helicóptero, cuya cara me suena de verla en los periódicos, y que agarra a mi prometida por el brazo. Y ahí es cuando la vi. Apareció aquella sonrisa en su cara. Una sonrisa que no tenía nada de divertida y que me hizo entender que ni Marta ni yo íbamos a salir de esa azotea. Y si tú y yo no salimos de aquí pequeña, no sale nadie…