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martes, 22 de enero de 2013

Estación en curva

Su pelo rubio se movía a causa del viento que provocaba viajar a 140 km/h. ¿El destino? Cualquier playa desierta del sur de la península. Buscaríamos alguna pequeña playa soleada en la que beberíamos hasta el atardecer y nos bañaríamos desnudos sin que nadie nos molestase. Me había gastado mis ahorros en alquilar este descapotable pero no me arrepentía, tanto tiempo explotado en la misma empresa te lleva a cometer este tipo de locuras. Era la chica de mis sueños y estaba a mi lado, por fin, viajando los dos solos como siempre había imaginado. Sin preocupaciones. Sin responsabilidades. Nos pusimos de acuerdo esta mañana en el metro de camino al trabajo. Pisé el acelerador y exprimí el motor de 200 caballos mientras sonaba “You Can't Always Get What You Want” por el potente equipo de música.

No teníamos ninguna reserva de hotel y con toda seguridad ahora mismo ya estaba oficialmente despedido, puesto que había dejado colgado a mi jefe en una importante presentación en la que por supuesto él no había trabajado. Pero era feliz por estar con ella. Giró la cabeza y pude contemplar esa sonrisa que tantas mañanas me había hipnotizado desde el otro lado del vagón, alegrándome el resto del día y facilitándome a la mañana siguiente levantarme a las 7 de la mañana para ir al trabajo en el abarrotado transporte púbico. Abrió la boca y me dijo:

- Próxima estación Atocha. Atención, estación en curva, al salir tengan cuidado para no introducir el pie entre coche y andén.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Silencio



Acompañado únicamente por mi sombra y Charlie, mi fiel escudero, un Beagle entrado en carnes, caminábamos despacio por las calles desiertas a las diez y media de la noche, según mi móvil de antepenúltima generación, sin preocuparnos por encontrarnos en el camino de algún coche conduciendo de vuelta a casa. A unos cuantos kilómetros se podía ver una lejana tormenta, descargando millones de voltios cada pocos segundos, y a cada relámpago el cielo se iluminaba con una luz intensa, pero sin embargo lo que llegaba a mis oídos era el silencio. Eso era todo lo que oía: silencio. La falta de sonido se convertía en un ruido ensordecedor que no me permitía oír ni el más leve sonido. Aquella noche no había niños gritando, ni coches en marcha con el ruido de sus motores, no había gente hablando por la calle mientras daba un paseo.

Estábamos solos, hasta que apareció un Golden Retriever al final de la calle, acercándose a nosotros a buen paso para quedarse parado a medio metro moviendo la cola. Si se podía caracterizar su expresión de alguna forma era sonriente, contagiaba felicidad mientras nos miraba sin dejarse acariciar. Después de varios segundos nos bordeó para alejarse por la calle y desaparecer para no volver a dejarse ver más. Y de nuevo vuelta a la realidad, a ese ruido, a ese silencio, a esa soledad. No se apreciaba la más mínima ráfaga de viento que moviese las ramas de los árboles, que balancease ligeramente los columpios, que perturbase aquella paz.

Pero en ese mismo instante, a unos cuantos kilómetros de donde me encontraba, ochenta y cinco mil personas rozaban los 120 decibelios dejándose la garganta gritando a veintidós jugadores detrás de un balón.

Y sin embargo, aquí, no escucho nada más que…

viernes, 21 de septiembre de 2012

Fugaz


Su serie favorita era Flash, le encantaba la Fórmula 1 y los 100 metros lisos (donde participaba su ídolo, Usain Bolt), por la noche se conformaba con dormir 5 horas y por supuesto nada de siesta. Le apasionaban las motos de gran cilindrada, y cualquier canción que superase los 110 bpm. Le dieron el primer beso a los 11 años y a los 13 ya estaba saliendo con su primera novia. Era el más espabilado de la clase y el más rápido en Educación Física. Su primera borrachera llegó a los 14, a los 15 ya se colaba en discotecas para mayores de edad y probó la marihuana a los 16. Dejó el colegio nada más terminar la ESO y empezó a viajar a todos los países que se podía permitir gracias a su trabajo como modelo para anuncios. Se recorrió todos los festivales de música del país, acudió a partidos de futbol y carreras de motociclismo y conoció todas las playas del Mediterráneo montado en su moto. Su lema: vive rápido muere joven y deja un bonito cadáver. A los 21 años había visitado más lugares y vivido más experiencias que cualquier persona de su generación, ya no había prácticamente nada que le faltase por vivir. Había estado en fiestas rodeado de famosos, había hecho cientos de amistades de una sola noche y había cometido todos los excesos que se podían cometer. Hasta que un día de lluvia su moto resbaló en una curva mientras bajaba un puerto de montaña. Y su recuerdo, al igual que su vida, desapareció de una manera fugaz.

lunes, 3 de septiembre de 2012

7:00 a.m.


Cierro la puerta despacio sin hacer ruido para no despertar a mis padres que aún siguen dormidos. A pesar de que son las siete de la mañana no hace frío, salgo en manga corta sin necesidad de coger algo de abrigo. Sigo pasando desapercibido mientras al coche me dirijo, abro la puerta y arranco el motor con un giro de llave. En la calle no hay nadie, parece ser que en verano los martes la gente se levanta más tarde, levanto el embrague y piso el acelerador para que el coche avance. Disfruto de la soledad de la conducción pensando en la discusión de anoche con mis padres en la cena, en la que volaron platos y acabé encerrándome en mi habitación pasando la noche entera al ordenador. Agoté los cartuchos de tinta con la impresión de un mapa que ahora sigo con precaución, maldiciendo a mis padres por su constante indiferencia y falta de atención. Después de hora y media llegué a mi destino, me encuentro en medio de una arboleda por la que camino sin rumbo fijo, ascendiendo por el monte mientras grito. Desato mi rabia contra un pino, descargándole golpes con un palo que encontré en medio del camino. Una vez roto cojo otro y luego otro, hasta que las palmas de mis manos se vuelven de color rojo. Recojo todos los trozos y los amontono al lado de un tronco, formando un montón. Saco de mi mochila el bidón de gasolina y lo derramo de abajo a arriba hasta que toda la madera parece humedecida. Como había visto mil veces en las películas saco mi Zippo y provoco la chispa, lo lanzo a la pila y enseguida la llama aparece para empequeñecerme las pupilas. Inmóvil miro el fuego crecer, desapareciendo el odio y dando lugar, ahora sí, a una inigualable sensación de placer.

viernes, 17 de agosto de 2012

Supermercado


Entré en el supermercado con la cabeza gacha y la capucha puesta, desviando miradas y esquivando carros mientras avanzaba a zancadas por el pasillo de congelados. Llegué a la sección de detergentes y vi a mi lado a una niña y una madre de la mano, me agaché y le dije a la pequeña en tono bajo "he pasado por la zona de los helados y he visto un monstruo con sangre en los labios que tiene ganas de comerse a una niña a bocados". Llorando la madre se llevó a su hija en brazos, mirándome de arriba a abajo me dijo que era un maleducado. Llegué a la sección de bebidas donde cogí una botella de ron y otra de tequila, bajo la atenta mirada de una cámara de seguridad que me seguía. Caminando con sangre fría llegué en seguida a caja donde una joven chica me atendería, el hombre que tenía delante hace tiempo que me conocía pero estaba seguro de que en este momento no me reconocería. Bajo una barba de dos semanas y la capucha mi cara se escondía. Llegó el momento en que la dependienta me atendió, "16,50 por favor" me dijo sin prestarme atención. Saqué la pistola del pantalón y le dije con intimidación "saca todo el dinero del cajón y mételo en una bolsa junto con las botellas sin llamar la atención". La joven me hizo caso y me guardé el arma bajo el brazo, hacía dos meses que se me había acabado la prestación del paro y nadie quería dar trabajo a un abogado de 36 años. "Bien hecho, ahora quédate en tu asiento sin mover un dedo" le dije a la chica con los ojos llenos de miedo. Salí por la puerta pensando en el dinero, por fin volvería a tener ingresos. Aunque este mes cobraría en negro.

lunes, 30 de julio de 2012

Despertar


...me levanté de la cama, no sin dificultad, y apoyé los pies en el suelo, justo al lado de un pedazo de dignidad que yacía en la alfombra. Lo recogí con las manos y a continuación me impulsé para ponerme de pie. Al encender la luz vi que sobre la mesa yacía una cantidad importante de autoestima y la agarré como pude. Fui hacía la estantería y junto a la cadena de música encontré detrás de unos discos un buen trozo de motivación, y aproveché para poner un CD de Foo Fighters. Me puse unos pantalones cortos y la camiseta del día anterior y descubrí que debajo de ella había otro pedazo de dignidad un poco mayor que el de al lado de la cama. Caminé unos pasos hasta el armario donde se encontraban las zapatillas de deporte y vi que dentro de una de ellas había lo que parecía un buen puñado de energías. Una vez vestido recogí de la mesa el vaso vacío, la botella de ron y el plato con los restos de la cena de la noche anterior y lo llevé todo a la cocina. De dentro de la nevera saqué un trozo de pizza y lo guardé en el estómago en cuestión de segundos, y fue entonces cuando vi que detrás del brick de leche estaba casi al completo, envuelto en papel de plata, mi orgullo. También me lo agencié. Me guardé una llave de la puerta de casa y salí a correr cuando el cielo aún contenía débiles estrellas que se preguntaban que hacía en la calle a esas horas. Mis piernas reaccionaron como deseaba y aún resonaba la música dentro de mi cabeza mientras recorría los kilómetros que separaban mi casa del éxito, corriendo y deshaciéndome a cada paso de las malas experiencias, de los malos comentarios, de los fracasos y de las decepciones. Habían conseguido que decayera, que perdiera toda esperanza y que me dejara hundir, pero aquella mañana en la que el sol asomaba por el horizonte para calentarme, estaba preparado para intentar, de nuevo, comerme el mundo...

sábado, 16 de junio de 2012

Ella


...me acerco a la puerta e introduzco la llave, la hago girar y la puerta se abre. Dentro no aprecio ningún nuevo detalle: las luces apagadas, la cocina recogida y las cortinas abiertas en la ventana que da a la calle. Hace seis meses que me dejó mi novia y aún tengo la esperanza de llegar a casa y encontrarme a Sonia. Ella solía reír veinticuatro horas al día pero cuando se trataba de asuntos importantes ya no sonreía. Aquel quince de Febrero fue uno de esos días serios, discutimos y discutimos hasta que perdimos los nervios. Me gritó entre lágrimas "¡No tienes remedio!", a lo que yo la contesté que controlase su mal genio. La vi salir por la puerta para no volver a cruzarla nunca más, mientras yo le decía mentalmente "Volverás, volverás...". Pasaron doce mensajes, tres emails y treinta llamadas, y Sonia seguía sin dirigirme la palabra. Mi cabeza ahora se preguntaba "¿Volverás?" mientras los meses pasaban. Nos conocimos en la playa. Bailando. Borrachos. La miraba. Conseguí preguntarle su nombre, a lo que contestó que con extraños no hablaba. Tres años y algunas copas después nos encontrábamos felizmente prometidos, intentando asentar la cabeza y decidido a estar siempre a su lado. Y todo se esfumó por un simple altercado. Nueve meses después de nuestra separación alguien llamó al teléfono mientras dormía en la habitación: era Sonia hablando con tono enfadado. Dijo "te odio, te odio y te odio", sabía que era cierto y contesté "me lo merezco". Le dije "no como, no salgo y no duermo, antes de conocerte podía vivir sin ti pero ahora es un infierno", me contestó "yo tampoco puedo, así que ahora ven aquí y conquístame de nuevo"...