...me acerco a la puerta e introduzco la llave, la hago
girar y la puerta se abre. Dentro no aprecio ningún nuevo detalle: las luces
apagadas, la cocina recogida y las cortinas abiertas en la ventana que da a la
calle. Hace seis meses que me dejó mi novia y aún tengo la esperanza de llegar
a casa y encontrarme a Sonia. Ella solía reír veinticuatro horas al día pero
cuando se trataba de asuntos importantes ya no sonreía. Aquel quince de Febrero
fue uno de esos días serios, discutimos y discutimos hasta que perdimos los
nervios. Me gritó entre lágrimas "¡No tienes remedio!", a lo que yo
la contesté que controlase su mal genio. La vi salir por la puerta para no
volver a cruzarla nunca más, mientras yo
le decía mentalmente "Volverás, volverás...". Pasaron doce mensajes,
tres emails y treinta llamadas, y Sonia seguía sin dirigirme la palabra. Mi
cabeza ahora se preguntaba "¿Volverás?" mientras los meses pasaban.
Nos conocimos en la playa. Bailando. Borrachos. La miraba. Conseguí preguntarle
su nombre, a lo que contestó que con extraños no hablaba. Tres años y algunas
copas después nos encontrábamos felizmente prometidos, intentando asentar la
cabeza y decidido a estar siempre a su lado. Y todo se esfumó por un simple
altercado. Nueve meses después de nuestra separación alguien llamó al teléfono
mientras dormía en la habitación: era Sonia hablando con tono enfadado. Dijo
"te odio, te odio y te odio", sabía que era cierto y contesté
"me lo merezco". Le dije "no como, no salgo y no duermo, antes
de conocerte podía vivir sin ti pero ahora es un infierno", me contestó
"yo tampoco puedo, así que ahora ven aquí y conquístame de nuevo"...
sábado, 16 de junio de 2012
miércoles, 13 de junio de 2012
Sueños
...la panadería, después viene un bar, al lado se encuentra
la tintorería, después un antiguo videoclub que ahora cuelga el cartel de 'se
vende', y para acabar la manzana hay una frutería. Alberto podía enumerar todas
las tiendas que se encontraban entre su casa y su trabajo. Era un pasatiempo,
quizá se podría catalogar como manía, pero todas las mañanas recitaba los
negocios mientras caminaba y de esta manera amenizaba sus paseos. Él era
contable de profesión, pero su gran sueño era ser deportista de élite. De
pequeño destacó en la cantera de uno de los mejores equipos de futbol, y muchos
ya le auguraban un futuro lleno de éxitos. Llegó incluso a participar en
torneos importantes, pero todo se esfumó cuando le falló la parte más
importante y a la vez más delicada del cuerpo humano: la cabeza. Se encontró
con quince años en el centro de todas las miradas y no pudo con la presión.
Gracias al apoyo de sus padres consiguió terminar los estudios y entrar en la
universidad, pero una vez maduró como persona y se encontró inmerso en la
rutina de su oficina, volvieron esas ganas de jugar. Y a diferencia de los
demás deportistas él no quería ganar títulos. Él lo que quería era ser bueno,
más bien ser el mejor. Quería llegar a las grandes citas y ser el protagonista,
quería que ochenta mil personas gritaran su nombre al unísono. Quería ser un
ídolo. Y cuando una idea se instala en la cabeza de una persona, no desaparece
hasta que se intenta llevarla a cabo. Pero claro, veintiséis años son
demasiados para empezar una carrera como deportista profesional. Así que aquí
nos encontramos, con Alberto de camino al trabajo mientras piensa: "El
taller de coches, la panadería, después viene un bar, al lado se encuentra la
tintorería, después un videoclub que... no puede ser. Ya no está el videoclub
con el cartel de 'se vende'. Ayer estaba y hoy no está, es imposible que lo
hayan cambiado de la noche a la mañana". En su lugar lo que había era una
tienda sin letrero ni escaparate, con la fachada pintada de color gris y el
interior muy poco iluminado. Alberto sintió un escalofrío, puesto que ese
negocio estaba carente de personalidad, era frío como el hielo, pero sin
embargo había una parte de él que quería entrar. "Si entro ahora llegaré
tarde al trabajo, pero por la tarde..." pensó mientras se alejaba
caminando distraído de cuanto ocurría a su alrededor. Aquél día fue el más
largo desde que entró en la empresa. Estaba ansioso, impaciente, mirando el
reloj cada minuto que pasaba. Varios compañeros le preguntaron si se encontraba
bien, a lo que él contestaba con un “sí, estoy bien” sin ni siquiera mirarles.
Cuando dieron las siete de la tarde salió de la oficina sin despedirse de los
compañeros y fue directo a la tienda. Los cinco minutos que pasó dentro de ella
fueron los más importantes de su vida, y los que marcaron los treinta y cuatro
años restantes hasta el día de su muerte. Una vez se encontró dentro vio que la
frialdad que transmitía desde la calle se multiplicaba cuando te encontrabas
dentro de ella, pues las paredes estaban desnudas y el único mueble que había en
su interior era una mesa con un timbre sobre ella. Antes de darse cuenta su
mano había empujado el pulsador y en sus oídos ya retumbaba el 'ding', un
sonido tan agudo que le llegó a causar cierto malestar. A los pocos segundos
apareció un hombre:
- Buenas tardes, ¿Qué desea? - preguntó el hombre, que iba
vestido con un traje negro
- Hola, buenas, quería... quería saber qué es este local. No
sé, que venden, porque no he visto ningún cartel fuera y soy del barrio y, no
sé, nunca antes había entrado aquí - se sintió estúpido, como si se le hubiera
olvidado hablar
- Bueno, no funcionamos como el resto de negocios. Aquí
primero me tiene que dar usted algo y luego se muestra el producto - la cara de
aquel hombre era de lo más común, tanto que costaba resaltar algún rasgo
característico que le diferenciara del resto
- ¿Y qué es lo que le debo dar? - Preguntó inmediatamente
- Creo que ya lo sabe, Don Alberto - Contestó con voz firme.
Alberto se quedó mudo por unos segundos, no era capaz de comprender que estaba
pasando, no sabía cómo aquel hombre que no había visto en la vida sabía su
nombre. Ni comprendía porque había sentido durante todo el día esa necesidad
que le empujó a entrar en aquella tienda. Lo único que sabía era lo que tenía
que decir a continuación
- De acuerdo, tiene usted mi palabra de que voy a decir la
verdad. Lo que diga aquí dentro no va a contener ni una sola mentira. Ahora
muéstreme el producto - fue lo primero que dijo sin que le temblara la voz
desde que entró en la tienda
- De acuerdo Don Alberto. Lo que aquí ofrecemos son sueños.
Cumplimos los sueños de las personas. Pero no cualquier sueño, si no el que sea
más importante. Y tenemos un porcentaje de éxito del 100%. Por lo tanto, y como
usted ha prometido, dígame cuál es su sueño y nosotros lo llevaremos a cabo. Y
cuando se haya cumplido, nunca antes de ese momento, usted nos deberá entregar
la cantidad monetaria que estime oportuna. Es una oportunidad única, sin letra
pequeña, y no tenemos límites. Poder llevar a cabo cualquier, repito, cualquier
sueño. Así que dígame Alberto, ¿Cuál es su sueño? - Contestó el hombre.
Se le había otorgado un deseo, y él sabía perfectamente cuál
era, lo sabía desde siempre. Y según escuchó la proposición de aquel hombre
Alberto comprendió que era verdad, que lo que aquel hombre le estaba contando
no era ninguna broma y podía conseguir llevar a cabo el sueño de su vida. Fue
entonces cuando huyó. Corrió y corrió alejándose de allí lo más rápido posible.
Alejándose para no volver jamás. No volvió a pisar aquella tienda, ni acercarse
a esa calle durante los treinta y cuatro años restantes hasta el día de su
muerte...
domingo, 3 de junio de 2012
Inmortalidad
...el libro era majestuoso, páginas y más páginas escritas
con un vocabulario exquisito que te hacían adentrarte en la historia hasta el
punto de no retorno. Ni el cansancio ni las distracciones, lo único que podía
conseguir que dejaras de leer era que te quitaran el libro de las manos a la
fuerza. Y aun cuando habías dejado de leer una parte de ti aún seguía dentro de
la historia, caminabas por los bosques y te adentrabas en los terrenos aun por
explorar en los que o bien conseguías la más grande de las victorias o
sucumbirías y pasarías a formar parte de ese libro infinito llamado Olvido.
Sentías respirar al unísono con el protagonista y sus heridas te dolían como si
estuvieses presente en el campo de batalla. Un libro que apareció de la nada,
odiado (envidiado) por muchos y aclamado por pocos que traspasó las fronteras.
Que lo censuraran en algunos países no hizo más que avivar la expectación que
se había creado. Expectación que nadie comprendía, puesto que el autor no era más
que un estudiante.
- No tengo ningún secreto, simplemente me sentaba delante
del ordenador con la luz apagada y sin más compañía que una jarra de agua y
unos auriculares. Escribía y escribía, hasta tal punto que dejaba de buscar las
palabras y eran ellas las que me buscaban a mí. Cuanto menos pensaba más
palabras me venían a la cabeza, fluían y lo único que tenía que hacer era
transmitirlas al teclado, escribir a la misma velocidad a la que... a la que mi
mente me hablaba. Simplemente me dejaba llevar. Estoy muy orgulloso del
resultado y espero que este libro pase a formar parte de la historia - fue la
respuesta del estudiante.
- ¿Nos podría explicar Señor D.G. como alguien como usted
que no había escrito antes ningún libro ha podido crear esta obra que está
dando la vuelta al mundo, y así acallar a las malas lenguas que insinúan que no
ha sido usted el autor?, ¿Cuál es su secreto? - fue la pregunta del presentador.
Los focos elevaban la temperatura del plató y hacían surgir
las molestas gotas de sudor en la frente del estudiante. Todas las cámaras
apuntaban a su cara y el público permanecía callado sin dejar de observarle. La
presión empezó a incomodarle, comenzó a tener mala cara y a sentir fuertes
dolores en el pecho. Las gotas de sudor aumentaban y cada vez escuchaba más
lejana la voz del presentador. No es lo mismo llevar la fama desde tu cuarto
que desde un plató de televisión desde el que te contempla medio mundo. Cruel escaparate
para sufrir un ataque al corazón. Empezó a haber un movimiento constante de
personas, parte del público permaneció inmóvil en sus asientos pero el resto
comenzó a incomodarse. Llegaron dos médicos con un desfibrilador, varios
técnicos abandonaron sus puestos de trabajo, los colaboradores se encaminaron
hacia el camerino... Lo único que no se vio alterada fue la luz que indicaba
que estaban en antena. Tras pararse su corazón para siempre, aquel estudiante
había conseguido ganarse definitivamente un hueco en la historia. Todo había
salido a la perfección…
sábado, 19 de mayo de 2012
Corre
... corríamos todo lo rápido que nos permitían las piernas,
girando a la derecha por la primera calle para luego torcer a la izquierda. -
¡Donde vais tan rápido sinvergüenzas! - Dijo una señora que en cuestión de
segundos dejamos atrás. ¿Por qué no cumpliría mi promesa de salir a correr
todas las mañanas?, a medida que pasaban los minutos me costaba más respirar y
los latidos del corazón parecían salidos de una canción de drum and bass. El señor
Lorentz, que había visto por primera vez esta mañana y del que no sabía ni su
nombre real, parecía llevar peor el atravesar una ciudad entera corriendo, pero no
iba a arriesgar mi vida por una pequeña posibilidad de salvar la suya. El
parque que atravesamos a continuación estaba repleto de parejas con sus
respectivos hijos, muchos de los cuales quedaron boquiabiertos al ver pasar
corriendo a dos hombres con mochilas siendo perseguidos por otros ocho o diez
hombres con caras de muy pocos amigos. Entre la multitud, durante no más de
medio segundo, pude fijarme en una chica morena con coleta muy parecida a
Marta, y fue en ese instante cuando comprendí que podría no volver a verla
nunca. Incumpliría todas mis promesas de pasar la vida juntos y ella no me lo
perdonaría jamás, aunque estuviese muerto. - ¡No, no, no! - Gritó el señor Lorentz,
y por los gritos no me hizo falta girarme para saber que sus piernas no habían
sido lo suficientemente rápidas. Mi mochila es la última que queda, y no pienso
perder mi única oportunidad de recuperarla. - No lo conseguiréis - y a partir
de ese momento mi cuerpo sacó fuerzas de donde no quedaban más y me adentré en
la recta final. Varias personas cayeron al suelo por mi falta de agilidad a la
hora de esquivarlas, pero no iba a aminorar mi marcha por muy repleta que
estuviera la calle. Es realmente difícil huir de la policía atravesando Gran
Vía en hora punta. Me sentía como Ewan McGregor en la primera escena de
Trainspotting, solo que yo no he elegido mi vida. Al menos no esta vida. A lo
lejos podía divisar el edificio en el que debía entrar para subir a la última
planta, y sí, llegué a la última planta sin que me atraparan, pero lo
importante no es como llegué, sino porque. En mi otra vida, o lo que es lo
mismo, ayer, me desperté para ir al trabajo. La cama estaba vacía como todas
las mañanas, puesto que Marta siempre se levantaba madia hora antes, pero ayer
en concreto no estaba en ninguna parte de la casa. En su lugar encontré una
foto de ella amordazada y por detrás de la foto las instrucciones que debía
llevar a cabo para recuperarla. No fue fácil cumplirlas. Y como os habréis dado
cuenta no fui el único que debía de llevar a cabo esas instrucciones. Pero lo
conseguí, y aquí estoy, en la azotea de un edificio en alguna parte de Madrid
con unos documentos que interesan demasiado al señor que tengo delante en un
helicóptero, cuya cara me suena de verla en los periódicos, y que agarra a mi
prometida por el brazo. Y ahí es cuando la vi. Apareció aquella sonrisa en su
cara. Una sonrisa que no tenía nada de divertida y que me hizo entender que ni
Marta ni yo íbamos a salir de esa azotea. Y si tú y yo no salimos de aquí
pequeña, no sale nadie…
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